Hoy llegué a la conclusión de que las clases de canto son además de terapéuticas, una de las cosas que más me relajan. Cada vez que termino una clase me siento feliz, como si la vida fuera color de rosa, me vuelvo hippy y camino por San Telmo cantando alegremente sin que me importe un carajo que la gente me escuche (y mucho menos las caras que puedan llegar a poner).
Y no es poco, te digo teniendo en cuenta las semanita de merda que por suerte ya se termina. Como todo.
Promocioné Sistemas Contables, eso también ayuda.
Y Amapola y K. se van a ir igual, asi que no queda otra que aceptar la decisión y empezar a reprimir a la egoísta que te sale de adentro de a ratos y pide a gritos que por favor el tiempo pase rápido.
Lo único que sigue medio medio y que más mal me puso el domingo fue saber lo de Guille... maldito el sistema que le rechaza la médula, maldito el cancer que no lo deja en paz desde ya hace rato. Esa noticia fue una de las peores que recibí este año.
Pero dicen que cuando uno está feliz, la felicidad es contagiable... y a mí que no me cuesta nada andar de buen humor por la vida, la verdad que contagiar esta felicidad que me brota por los poros no me molesta ni un poco.
No veo la hora de que sea jueves de nuevo.
Si, te juro.
Así de bien me hace.

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