Recien cuando empecé a trabajar y estudiar simultáneamente fue que me dí cuenta que (por favor, qué boluda era de más chica al pensar lo contrario) los Domingos no sólo no son aburridos sino que además son como extremadamente necesarios. Onda de peque te juro que cada vez que se estaba terminando un Sábado era decir "puf, mañana es Domingo, qué aburrido", y no lo decía porque era el último día de la semana. No, te lo decía porque era una paja total tener que pensar qué hacer para que el tiempo pasara rápido y así poder empezar nuevamente otra semana. O sea, de haber podido, de chica mi semana hubiera sido de seis días.
De una.
Y ahora, qué diferente son las cosas -y eso que tan sólo tengo 21 añitos, toda una baby- son las 20.10 y sentada con un mate cocido sobre el escritorio miro las hojas de Patrimonial y pienso "puta, qué cagada que se me pasó el día leyendo", no porque no me guste la materia, sino porque bueno, lo admito: esto de trabajar toda la semana y pasarme los fines de semana leyendo encerrada en mi cuarto me está empezando a molestar bastante. No me dan las horas, digamos.
Cuestión que se me fue otro (Feliz?) Domingo y lo peor no es eso sino que a pesar de las largas horas de lectura, honestamente, no estoy muy preparada para el parcial de mañana. Igual la tranquilidad que tengo es asombrosa, casi alarmante te diría, teniendo en cuenta que a menos de 24 hs del exámen no te puedo justificar nada de lo que me puedan llegar a preguntar.
Lo que sí te puedo decir es que esto del frío sumado al encierro y la poca movilidad de mi parte a causa del estudio (tengo el culo cuadrado, a ver si me entendes), me está jugando en contra con el temita del peso. Mi peso. Onda no te miento, en este fin de semana siento que engordé fácil dos kilos. Y te lo aclaro por la dudas, no son de sabiduría justamente.
