Estuve a «esto» de mandarle un super speech explicándole por qué a pesar de gustarme (tanto tanto) no me queda más remedio que mandarlo a la mierda, sin llegar a admitirle -o tal vez si, quien sabe, al final no lo terminé haciendo- que de tan iguales que somos me cansa. Pero no pude porque soy una debil, -y no visto Prada.
Tenía ganas de mostrarle lo bien que nos sentaba "Adios" a ambos. A los dos, y a esta especie de cosa que se supone "tenemos". Desde la primer estrofa hasta la última. Desde el «no creas que sé a donde voy, estoy muerto de miedo», hasta el trágico «te miro a los y pienso: adiooos, nunca más nos vamos a ver». Pero otra vez, no pude.
No pude porque soy una pelotuda que «no tiene fuerza para dos», pero tampoco tiene los ovarios suficientes como para terminar el asunto. El cual le duele, y se queja, pero más allá de eso no hace nada concreto como para que la molestia termine. Y te digo molestia porque dolor es una palabra muy melodramática y porque mi personalidad estúpida no me deja repetirla, mucho menos aceptarla.
Porque te juro, me encanta, pero con MI (in)seguridad, con MI ciclotimia, con MIS vueltas alcanza; onda no da que él sea exactamente igual porque entonces nadie da el primer paso. O lo damos ambos a la vez y todo termina en un enriedo horrible como esos que se te armaban en el pelo cuando te pasabas ese peine raro de forma cilíndrica que tenía tu mamá tirado por ahí -y vos te lo pasabas para ver si de esa manera por fin se te podía armar por lo menos un rulo-, que de tal quilombo que te dejaba en la cabeza, te tenías que terminar cortando el mechón de pelo con los ojos llenos de lágrimas y los gritos de tu vieja casi al oído.
Cortando, onda, date cuenta que acá todo tiene el mismo descenlace.
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