martes, septiembre 11, 2007

Un olor a tabaco y café

Escuchaba Everlong en el mp3 mientras esperaba a que algún subte se dignara a aparecer y ni bien terminaba el tema lo volvía a poner. Algunas mujeres ya pasamos de masoquistas a ser directamente unas tremendas pelotudas.

Estoy por bajar el volumen para escuchar qué es lo que decían en los altoparlantes que hacía que la gente murmurara tanto con cara de pocos amigos cuando siento que alguien me toca el hombro. Me doy vuelta, lo miro, me sonríe y nos saludamos como si no nos hubiéramos visto en todo el día.
Al toque llega el subte, entramos y nos sentamos. Durante el viaje me contó de su finde y de lo bien que la había pasado el sabado en una cita con una chica (cuyo nombre en algún momento mencionó pero nunca intenté recordar porque para mí la otra va a ser siempre una X, obvio), y bien de nena posesiva, bien de "lo mío se-mira-y-no-se-toca": sentí celos; que por supuesto jamas manifesté. Continuamos la conversación como si nada, abarcamos varios temas y nos reimos como si el subte fuera un bar y nosotros dos personas que se sientan a tomar una cerveza y charlar de la vida.
A los veinte minutos se bajó en Pueyrredon casi que corriendo porque llegaba tarde a la facultad. Y al despedirse me besó la frente.

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